FRANCISCO IBÁÑEZ: “LO IMPORTANTE NO SON LOS DIBUJOS, SINO LOS GUIONES”
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Julio / agosto 1998
J.M.
PLAZA
Cuando
Francisco Ibáñez firma ejemplares en público, la cola de niños – y no tan niños
– que acuden con su volumen de Mortadelo
y Filemón es inmensa. Ha sido así desde hace décadas y su popularidad no
cesa de crecer, como se comprobó en la pasada Feria del Libro de Madrid.
Además, este año conmemora los 40 años de sus más famosos personajes.
Han pasado los años duros, los años
difíciles en los que las editoriales explotaban al autor, manejaban sus
personajes, alteraban y hasta borraban las señas de identidad de sus creadores.
Ibáñez lo sabe bien, lo vivió y lo padeció –como tantos otros– en la editorial
Bruguera, aunque ahora prefiere mirar hacia el futuro –que sigue lleno de
trabajo–, y al presente, donde su actual editorial, Ediciones B, le cuida, y
hasta le mima. Como ya hizo con Víctor Mora y el Capitán Trueno, este año y coincidiendo con el 40 aniversario de Mortadelo y Filemón, le organizó una
espléndida fiesta, llena de amigos y recuerdos.
Fue el acto más emotivo
de un año lleno de sorpresas que, sin embargo, no altera el apretado ritmo de
trabajo de su autor: seis álbumes anuales. ¿Por qué no va más despacio?, se le
pregunta; Ibáñez ni lo duda: Ahora es
buen momento, Hay mercado, y se demandan nuevas historias de Mortadelo. ¿Por
qué voy a ir más despacio?...Ya
tendré tiempo cuando las '...en la prensa'. no funcionen tan bien. Y es que
–además- a Ibáñez no le asusta el trabajo. Recuerda aquellos tiempos de
Bruguera, cuando sus personajes empezaron a tener éxito, y su jefe le tuvo produciendo
veinte páginas a la semana durante muchos años. ¡Veinte! Páginas en las que
Ibáñez hacía menos barrer el local,
ironiza, de todo: la idea, el guión, los
dibujos...
Ahora sigue trabajando a
mano con lápiz –nada de ordenadores– y controlando su creación, aunque ya tiene
ayudantes que rellenan negros, pasan a tinta las viñetas, colorean y rotulan.
Pero el trabajo intelectual es el mismo. El esfuerzo hay que hacerlo. Lo que más me cuesta es parir la idea. Una
vez que tengo el tema se me van ocurriendo situaciones cómicas y un argumento
que las une. Luego pienso en lo que van a decir los personajes. Aquí soy muy
exigente. Hay que cuidar mucho los diálogos, elegir las palabras adecuadas,
evitar repeticiones... Y cuando lo tengo todo, todo planeado, cojo el lápiz y
empiezo a dibujar: El dibujo viene después. El guión es, sin duda, lo más
importante de una historieta, y lo que más esfuerzo me lleva, dice, y
afirma que no se considera un buen dibujante, a pesar de que ha realizado
millares de dibujos y las imágenes de sus personajes se reparten por todo el
mundo (incluidos cine y TV).
Ibáñez se siente
particularmente satisfecho de sus historias. Recuerda que cuando comenzó a
crear personajes, los tebeos españoles –todos de una página– eran como un
chiste hinchado, en el que se presentaba una situación con un gag al final.
Ibáñez revolucionó esta línea creativa, y tanto en Mortadelo como en Pepe
Gotera, el Botones Sacarino o Rompetechos incluía varios gags por página.
El éxito de Mortadelo es
lo que mató a estos otros personajes, que los menos jóvenes recordamos con
nostalgia. Los descubrimos en tebeos como Tío Vivo y luego en álbumes. Todos, o
casi todos, nacieron con título y subtítulo, rimado en pareado, como era la
costumbre de la época: Mortadelo y Filemón,
agencia de información, Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio, La familia
Trapisonda, un grupito que es la monda, El Botones Sacarino, del Aullido
Vespertino...
De todas sus criaturas,
su favorita es –al margen de Mortadelo–
Rompetechos, quizás porque ese personaje tierno y cegato guarda un
cierto parecido con el autor, con ese Ibáñez, que aparece, a veces, en las
viñetas medio calvo y miope. ¿No volverá a resucitar a estos personajes? No lo
sé –dice– nunca se sabe; por ahora no. Mientras me tenga que ocupar de
Mortadelo no tengo tiempo para más. Apenas si cojo vacaciones...
Es una lástima no poder
disfrutar de nuevos episodios del enredador Sacarino, de Pepe Gotera y Otilio,
esos chapuzas que ahora se han puesto de moda por una serie de televisión, de
13 Rue del Percebe, su creación más original, toda una casa de vecinos abierta
al espectador (al modo de la novela La vida, instrucciones de uso, de
Pérec), que era la página que más le costaba parir.
Al margen de estos
personajes, Ibáñez creó otros que hoy se pueden considerar casi apócrifos, ya
que fueron fruto de una situación jurídica absurda. Cuando Ibáñez se fue de
Bruguera, se encontró con que no podía disponer de sus creaciones, ya que estas
pertenecían a la editorial, que se valía del entusiasmo y la buena fe de los
dibujantes para registrar todo a su nombre. Ibáñez, que ya había vendido
millones de Mortadelos en todo el mundo, se vio de repente con las manos vacías
y, como si tuviese de partir de cero, empezó otra vez con sus '...en la prensa'.. Así
surgieron Chicha, Tato y Clodoveo, tres vagos y liantes, hijos de su tiempo,
jóvenes chapuzas que rondan la cola del paro, y Rebolling Street, un calco de
13 Rue, pero a doble página, que volvieron a ocupar las portadas de los nuevos
tebeos.
Por fortuna, a los tres
años se arregló su problema legal con Bruguera e Ibáñez pudo recuperar sus
personajes, y volvió a ocuparse de ellos –de Mortadelo tan solo– con el mismo
entusiasmo de su primera época.
Llama la atención que en las viñetas
de las últimas historias ya no aparecen, confundidas con el paisaje, figuras
independientes, pequeños dibujos absurdos –una trompa de elefante volando, un
caracol con audífono o un señor estrangulado por el edificio del fondo– que le
daban un toque surrealista y propiciaban una nueva y detenida lectura. Me
divertía –dice– hacer esos dibujos pero me di cuenta de que era demasiada
información, que las páginas quedaban recargadas y los quité.
Si ya eran famosos
Mortadelo y Filemón, la serie de dibujos animados de la tele les ha convertido
en personajes muy familiares para los más jóvenes. Ibáñez cree que la serie ni
le añade ni le quita lectores (de Mortadelo se hacen primeras ediciones de
50.000 ejemplares), pero no tiene buena opinión sobre esta adaptación: En mis historias
hay dibujos que tienen más movimiento que los de la televisión, dice y vuelve
al trabajo, ya que a sus 62 años, sigue haciendo seis álbumes, casi 300 páginas
de imaginación y diversión, al año.
Hace más de quince años,
al visitante español le llamó la atención ver los escaparates de las librerías
del Metro de Munich empapelados de unos personajes que le resultaban muy
familiares. A grandes letras se leía Clever und Smart, pero esos
inconfundibles dibujos eran Mortadelo y Filemón.
Hasta Alemania ha llegado el éxito
de estos personajes de tebeo, que han convertido a su autor en el historietista
español más conocido en el mundo. Ibáñez, que dejó su puesto en el Banco
Hispano Americano –empezó de botones– en 1957 para entrar en la editorial
Bruguera, creó Mortadelo al poco tiempo de iniciarse como dibujante: el 20 de
enero de 1958 apareció en la revista Pulgarcito la primera página –en negro,
claro– de Mortadelo y Filemón, que entonces era una agencia de información.
Evolucionaron con el tiempo y se pararon en la TIA, una agencia de inteligencia
nacional; aparecieron nuevos personajes como, el jefe, el profesor Bacterio y ya en la democracia, Ofelia, la gruesa secretaria.
En Ediciones B se han editado 75 álbumes, desde el primitivo El Sulfato Atómico, uno de los mejores, a Las Vacas Chaladas y El Mundial 98. Por último, para conmemorar estos años, Su Vida Privada, donde presenta a sus dos personajes fuera de su trabajo.