ENTREVISTA A FRANCISCO  IBÁÑEZ: “QUIERO QUE ME SOBREVIVAN MORTADELO Y FILEMÓN”

  

El Semanal de El Periódico

26 de abril de 1998

 

Aparecieron a finales de los 50. La posguerra no quedaba lejos y el dibujante quería burlarse del sabor del hambre. Cuarenta años después, miles de niños se lo comen con los ojos mientras su creador se esfuerza por involucrarlos en los grandes acontecimientos.

 

Si alguien se imagina que después de 40 años de éxito ininterrumpido Francisco Ibáñez es un señor que ha conseguido pegarse la vida padre se equivoca. Quien le busque lo hallará atareadísimo, sentado en un taburete y encorvado sobre una austera mesa de trabajo de la que cuelgan innumerables botes llenos de lápices y rotuladores. “Llevo una producción tremenda. Aquí, sobre esta mesa, 12 y 15 horas diarias. Acabo con la espalda doblada, con pinzamientos y tal. Si yo contabilizara las jornadas laborales de ocho horas que llevo se puede decir que ya he trabajado 200 años”.

Todo esto lo cuenta Ibáñez atropelladamente, porque habla a borbotones, con la misma vertiginosidad con que sus personajes se estrellan y resucitan. Y sin la menor sombra de amargura. Este barcelonés de 62 años, hijo de madre andaluza y padre alicantino, es lo que se dice un cachondo, un verdadero humorista en todas las facetas de su vida. Sus “hijos de tinta” Mortadelo y Filemón cumplen ahora 40 años y han sobrevivido a todas las crisis padecidas por el cómic. Su tradicional ineficacia sigue arrancando carcajadas en muchos países y en muchos idiomas. Sin embargo, Ibáñez está convencido de que por rocambolescas y exageradas que resulten sus '...en la prensa'., la realidad es aún peor.

 

¿Sabe cuántas viñetas ha dibujado hasta ahora?

Mientras de Astérix, por ejemplo, se hace un álbum al año o cada dos años, de Mortadelo y Filemón yo realizo seis anuales, por obligación. Así que de estos dos personajes habrán salido ya unos 150 álbumes. Y luego están las páginas sueltas publicadas en sus primeros tiempos, que fueron miles... En una palabra, un disparate de viñetas.

 

Y a pesar de todo, se diría que todavía se lo pasa con ellos, como un niño...

Cuando los leo luego, sí. Pero cuando los hago, no. Muchas veces me repelen.

 

¿De dónde saca la inspiración para tantas historias rocambolescas?

Eso de las musas es un camelo. La inspiración ha de venir por narices, así que uno no se puede se puede sentar y esperar a que llegue. Y el que dice que para inspirarse lo bueno es ir por la calle y fijarse en los detalles, se equivoca. La anécdota más graciosa que hayas visto en la calle, trasladada a la historieta, resulta la cosa más sosa del mundo. Lo digo por experiencia. Así que no hay más remedio que hincar los codos en el tablero y empezar a apretar la cabeza para que broten las ideas y, si no brotan, pues apretarla con un tomo del Espasa, porque aquí han de salir las páginas y dejarse de puñetas. El gran problema de la historieta es el guión. Con el dibujo puedes calcular más o menos el tiempo. Sabes que una página puede llevarte unas cuatro o cinco horas. Pero el guión, si estás fresquito igual te lleva diez minutos, si tienes una nubecilla, media hora y si tienes un nimbo o cúmulo pues toda una tarde.

 

¿Cómo sabe qué historieta funcionará y cuál no?

Después de 40 años, lo sé. Pero muchas ideas se desechan, porque se trata de Mortadelo y Filemón, personajes muy populares. No puedes dejar cosas que queden flojitas, no colaría. Si veo que no me hace gracia a mí, fuera inmediatamente.

En el especial dedicado al próximo mundial de fútbol mezcla la guerra bacteriológica con el deporte. ¿Cómo le dio por ahí?

Pues no sé. Eso de tener que hacer cada cuatro años un especial sobre el mundial…Yo, que en toda mi vida habré ido al fútbol un par de veces…Cuando se va acercando la fecha me pongo a temblar. Tener que dibujar a cada personaje con sus botitas, con todos los taquitos, es la pera. Y lo de la guerra química es por hacer algo diferente. Porqué llega un momento en que ya lo has hecho todo, y te preguntas ¿y ahora qué pongo? Sólo con lo que hacen nuestros políticos podría tener muchos temas. Pero como Mortadelo se publica fuera, no puedo basarme en cosas locales.

 

Curiosamente usted empezó trabajando en un banco.

Lo de trabajar ya son palabras mayores. Yo estaba allí pero me pasaba el tiempo dibujando. A mi jefe lo tenía negro: “Ibáñez, pero otra vez, hombre, dedíquese a lo suyo y déjese de dibujitos”. Mi experiencia en el banco ha quedado reflejada, no sólo a través del botones Sacarino, sino en los propios Mortadelo y Filemón y en esa estructura de T.I.A., donde hay un escalafón riguroso lleno de jefes por todas partes. Parece que fue ayer.

 

Y sin embargo han pasado 40 años desde el nacimiento de Mortadelo.

Exactamente. Y eso nos lleva a los tiempos aquellos de la censura, que, por cierto, no era para tanto. Algunos decían: “En cuanto desaparezca la censura verás de lo que soy capaz”. Mentira, si no lo hacían entonces, tampoco luego. Pero es cierto que nos ponían cortapisas. El asunto de la política, por ejemplo, ni tocarlo. El sexo, tampoco. Prácticamente no se dibujaban mujeres. Una señora gorda, todavía, pero una chica joven no, porque luego venía el censor con el lápiz rojo: ”esta curva fuera, esta curva fuera”.

 

¿Qué tiene Mortadelo para encandilar a tantas generaciones de niños?

Eso que se dice de que es una cosa sólo para niños es mentira. Si yo viviese de lo que gano con los niños estaría limpiando ventanillas a los coches. Son los adultos los que acuden cuando voy por ahí a firmar ejemplares. Me piden que se los dedique: “¿Qué, para su hijo?”, les pregunto. “Qué va hombre, para mí” Eso es maravilloso. Antes ibas en un tranvía o en un autobús y veías a un señor con el periódico abierto y partiéndose de risa. Resulta que dentro llevaba un Mortadelo. Aquello era magnífico. Pero el cómic en general ha caído mucho. Menos Mortadelo y Filemón, que parece que aguantan. Voy cada año al Salón del Libro de Frankfurt y últimamente siempre se quejan de que no venden cómics excepto los míos y unas tiras de un soldadito de un italiano.

 

¿A qué se atribuye el éxito que tiene su trabajo?

Primero, a que lo hago yo (risas). No, de verdad, seguramente a que no los he mantenido como eran al principio, los he hecho evolucionar. Al principio eran una especie de chiste hinchado, que se resolvía en la última viñeta. Luego acabé metiéndolos en el tema de la T.I.A., con más personajes que enriquecían la serie. Y más tarde decidí involucrarlos en el día a día, en todos los acontecimientos. Y cuidar bastante lo que es el guión. Ese bocadillo, que parece muy ágil y espontáneo, en realidad está muy elaborado. Cambio muchas palabras, lo cuido al detalle. Yo respeto al lector muchísimo porque es el que me da de comer.

 

¿Y han crecido también en personalidad, se le escapan de las manos?

Muchas veces. A veces cuando me pongo a hacer un guión, en un momento dado no me doy cuenta ni de cómo ni por qué pero acabo yendo por otro camino.

 

Es usted un poco sádico. Lleva mucho tiempo obligando a estar juntos a dos personajes que se detestan.

Cuando el lector todavía no sabía lo que ocurría con la censura y todo eso, digo yo que alguno pensaría: “Estos dos personajes que siempre van juntos y todo lo resuelven entre ellos, sin chicas y tal, ¿no serán algo rarillos? Y si los personajes son algo rarillos, ¿no lo será también su autor? Y no. No es eso. Lo que ocurre es que empecé a hacerlos así en tiempos de la censura y así he continuado haciéndolos. Si hubieran sido los típicos héroes, ejemplo de bondad, rectitud y tal, habrían empalagado. Pero son todo lo contrario a la bondad y a la rectitud, tienen una mala leche espantosa. Estos son de los que, si hay que salvar al jefe, quizá intenten salvarlo, pero por si acaso, van echando una instancia a ver si se pueden quedar con su puesto.

 

¿Por qué los ha construido tan perversos?

Sencillamente, porque la gente es así, y eso los convierte en personajes más reales. Y si no es real, el gag no tiene tanta gracia. Estos son un par de cabroncetes, como la gente normal, como la que puedes encontrarte en una oficina.

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