IBÁÑEZ: “EL NIÑO QUE NO LEA ‘CÓMICS’ NO LEERÁ LIBROS”
25/05/98
“Mortadelo y Filemón”,
“Rompetechos”, “El botones Sacarino”, “Pepe Gotera y Otilio” son algunos de los
personajes que han salido del lápiz de Ibáñez. Empezó a pensar en ellos hace
más de cuarenta años, cuando trabajaba en un banco.
J. GONZÁLEZ CANO
En Alemania se llaman Clever y Smart; en
Italia, Mortadella y Filemone; en Francia Futt y Fil, y en Portugal, Mortadelo y
Salaminho. Desde hace treinta años Mortadelo y Filemón son
internacionales y sólo en Alemania han vendido cincuenta millones de álbumes.
Para celebrar los primeros cuarenta años de existencia de la extravagante
pareja, F. Ibáñez ha contado en un extra la vida privada de sus héroes. Al
final, el autor se inventa su propio secreto y se dibuja: en noches de luna
llena se convierte en hombre lobo. A Ibáñez (Francisco Ibáñez Talavera,
Barcelona, 1936) le prepararon una cena secreta por el aniversario y para despistarle
más le llenaron toda la jornada con firmas de ejemplares, entrevistas, sesiones
de fotografías, allanamiento de su domicilio por las televisiones...
Aguanta el tipo mientras Filemón (“¡Grftjx!”) estrangula a
Mortadelo (“¡¡Glglgl!”) poco antes de perseguir a Mortadelo-lagarto y a
Mortadelo-avestruz.
Trepida cada viñeta ruidosa:
“¡Scrrench!”,
“¡Crrrrianch!”, y en cada bocadillo se ajusta una frase corta y muy cuidada: “A
veces empleo horas en seleccionar una palabra. ¿Será mejor agarrar, asir o
coger? Incluso acudo al diccionario de sinónimos para no repetir no ya en una viñeta ni en una página, para evitar la misma
palabra en seis páginas. El lector ve una espontaneidad donde hay mucho
trabajo”. Ibáñez tiene la espalda fatal de tanto tiempo sobre el taburete,
inclinado hacia la mesa. Hace poco se le estropeó el dedo de dibujar, pero
tuvo que seguir con la producción, más despacio; por
lo tanto, más horas de trabajo. Se encierra en su torre y escribe sus
guiones: “Lo principal de la historieta es el guión. Un 70 por 100 el guión, un
30 por 100 el dibujo. Si haces una cosa muy bonita y no tiene interés, te lo
puedes meter por donde te quepa. El lector quiere divertirse y tienes que
organizarle bien la historia. A veces comparo esto con los músicos que escriben
la partitura en el pentagrama, ponen todas las notas y luego cogen la trompeta.
Pues aquí, cuando el guión está bien terminadito, coges el lápiz. Primero
piensas el tema y vas creando situaciones cómicas; cuantas más, mejor. Y luego
hay que ligarlo bonito para que el lector no se pierda. Ya sabes qué va a decir
el personaje y le guardas el espacio para que el bocadillo no vaya entre
cabezas. Incluso cambias palabras cuando ya lo has terminado y lo pasas a
máquina para que el rotulista haga su trabajo”.
No utiliza
ordenador ni máquinas que no sean la mano derecha y la cabeza de en medio. “El
trabajo tienes que hacerlo tú. Y cuando has acabado hasta la última rayita,
bien terminadito a lápiz y tal, entonces pasa al ayudante, que te rellena
negros, y el ayudante que lo pasa a tinta, por lo general alguien que dibuja
muy bien, pero que sea incapaz de crear nada. Y luego en los talleres le dan el
color: ahora lo hacen muy bien, precisamente con ordenadores, pero en la
antigua Bruguera, en una viñeta salía
un traje azul y en la siguiente colorado...”. En la antigua Bruguera, Paco
Ibáñez disfrutó, sufrió y, cuando ya no pudo más, tuvo que acudir a los
tribunales. Pero la historia empezó antes. Antes de Mortadelo, Ibáñez se
había inventado otros personajes: “En el 56, cuando
aún trabajaba en el banco, o mejor dicho, estaba allí dibujando, en la
editorial Marco me publicaron Don Usura y La familia Ripollino. Todos
teníamos una familia. En el 57 ya estaba yo en Bruguera. La cosa era
así: entrabas y te daban unas páginas de chistes extranjeros y te decían que
los hicieras a tu estilo. Después hacías páginas de tu cosecha. Y luego
presentabas personajes tuyos. En el 58 surgió Mortadelo. Los títulos se
hacían a base de pareados: Mortadelo, de mortadela, en años de hambre. Y
como sería una agencia de información, busqué algo de comer, y por no
poner Filetón puse Filemón. Casi al mismo tiempo surgió La
familia Trapisonda, un grupito que es la monda. Cuando comenzaron a tener
éxito me pidieron más. Y salieron Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a
domicilio, 13 Rue del Percebe, El botones Sacarino, del Aullido Vespertino,
Rompetechos... Nuestro jefe en Bruguera era el señor González...”.
EL HOMBRE CLAVE
El señor
González, el hombre clave: “El señor González siempre te estaba pidiendo ‘un
esfuerzo’. Durante bastantes años me estuve haciendo veinte páginas semanales:
guión, dibujo, todo. Era bastante intratable, pero conocía mucho la profesión
en plan artístico y en plan comercial. Sabía, o presentía, lo que iba a tener
éxito; valía muchísimo. Era también guionista para los grandes de la época:
Cifré, Peñarroya, Jorge...”. Ibáñez se vengó del señor González
sacándole en una historieta del botones Sacarino: “Cuando recibió la
primera página se rió y le gustó. Con la segunda página no dijo nada. La
tercera página yo ya no la vi. Me contaron que se enfadó mucho y llamó a otro
dibujante para que cortara todas esas caras suyas y pusiera otras”. El lado
bueno del señor González era que “se inventó un nuevo lenguaje, una forma
distinta de que los personajes hablaran: palabras complicadas, dificilillas,
que en el contexto tenían gracia: albricias, sapristi...”. O
exclamaciones como “¡Defenestración y lapislázuli!”. Le recuerdas a Ibáñez
aquella otra de Zipi o de Zape, o de los dos:
“¡Maldición
y esparadrapo!”. Y de paso le comunicas que don Fernando Lázaro Carreter te
contó una vez que a veces, en casa y sin venir a cuento, exclama ¡lapislázuli!
: “Pues no me extrañaría que le viniera de aquellos tiempos, ya lo creo”. Pero
los problemas con Bruguera crecían a medida que el negocio aumentaba: “Los
tirajes eran fabulosos, las ventas estaban aseguradas. Decían que había que
aumentar la producción. Comercialmente se entendía, artísticamente no.
Empezaron a utilizar mis personajes para que los hiciera un equipo en cadena.
Aquello fue horrible. Trabajas durante años para colocar un personaje y en
cuatro días te lo destruyen”. “Creaciones mías las hacían otros. Y aparte
estaban los derechos de autor. Tú empiezas joven y tu ilusión es publicar
cosas, lo de menos era que te pagaran. No sabías que había una oficina de
patentes donde la editorial lo registra todo. Bruguera era propietaria de la
idea de los dibujos, de los guiones, de tu padre, de tu madre: de todo. Podían
publicar Mortadelo o cualquier cosa sin contar conmigo. Acudí a los
tribunales y el litigio duró tres años. En los últimos tiempos de la editorial,
funcionaba con los chorros de oro que le proporcionaba Mortadelo. Mortadelo pagaba
todos los gastos, todos los sueldos, hasta la comida del gato. Y si quedaba
algo, se lo daban al autor... Estas cosas te encienden. Están viviendo de mí
y... Y vino la ruptura completa. Con Ediciones B todo aquello se solucionó.
Llegamos a un acuerdo satisfactorio para ambas partes. A mí no me ponen ninguna
pega y me pagan los royalties”.
Sin embargo, a Ibáñez se le presenta otro contencioso: las películas
de Mortadelo en dibujos animados para televisión: “De los 26 capítulos
que se han hecho, del 1 al 26 no me gustan. Una empresa pasaba los álbumes, tal
cual, y teóricamente los animaba. Hay dibujos que tienen más animación que en
la pantalla. Pero le habrá reportado mucho dinero: “Ni cinco, ni cinco. Lo
puedes decir tal cual. Es algo que va a terminar malamente”. Pero habrá un
contrato, tendría que dar el permiso:
“Sí, sí.
Hay contrato y hay permiso con determinada contraprestación que no se ha
producido. Las películas se han pasado por televisión y no me han pagado ni un
duro”. En fin, los autores de otra serie de televisión, Manos a la obra , ni
siquiera le han agradecido la existencia de Pepe Gotera y Otilio, chapuzas
adomicilio. Pero también hay buenas noticias. De los últimos álbumes de Mortadelo
se han hecho primeras tiradas de 50.000ejemplares. Y en Europa sigue en la
cima: “El editor alemán me decía que en estos momentos se vende como Astérix.
Pero de Astérix sale un álbum cada año o dos, y yo saco seis o siete
álbumes al año”. Y también hay buenos recuerdos, como el de Manuel Vázquez, a
quien en la primera historieta de 13 Rue del Percebe ya le metió en la
buhardilla, huyendo de los acreedores: “Fue un prodigio. Para la historieta,
para mí, no ha habido otro como él. Si Vázquez hubiera sido constante, sus
personajes estarían por encima de Mortadelo. Cuando se vio en el ático
se reía. Era único. Me decía: ‘Te quedas corto: la cosa es aún peor’. Pienso
que cuando llegara al cielo tardaría media hora en pegar el sablazo a
San Pedro y a toda la corte celestial”.
CREAR CULTURA
Dice el
Premio Cervantes Cabrera Infante: “Aprendí a leer con los cómics. Me
enseñé a leer por mí mismo cuando tenía cinco años, lo que me hizo un
autodidacto temprano: una suerte de Mozart de los tebeos... Los cómics eran,
son, una forma de conocimiento y crean cultura”. Tantos compartimos esa
opinión. “Es el problema que veo yo - añade Ibáñez -, que los muchachos se
separen del cómic y se queden frente al televisor o ante el ordenador.
Si al niño no le entran esos bichitos negros que se llaman letras y no le
entran acompañadas dela imagen, menos le van a entrar con un texto árido. Los
que no sean lectores de cómic, mañana no serán lectores de periódicos ni
de libros. Lo veo peligroso”. Hijo de madre andaluza y de padre alicantino,
dice Ibáñez que su madre todavía vive, en Barcelona, y no ha perdido su acento
andaluz. Le gusta haber leído en los periódicos que Carmen Romero le regala a
su marido, Felipe González, tomos de Mortadelo. Se dibuja Ibáñez
dibujando a José María Aznar y dice el bocadillo: “¡Je! Este personaje
me ha salido chupado. ¡Se llamará Don Cejudo, un mandón algo ceñudo, chiquitajo
y bigotudo!”. Pero ve oscuro el porvenir de los historietistas: “No
quedan. Se habrán salvado seis o siete. Una vez fui a una piscina por orden del
médico para cuidarme la espalda y vi alguien que estaba colocando una puerta en
el bar de la piscina, un operario. ¿Pero qué haces aquí?, le pregunté. ‘¿Que
qué hago? Comer, hijo, comer’. Era un dibujante de mucho nombre, fabuloso.
Es verdad
que sus dos hijas preferían a Zipi y Zape antes que a Mortadelo: “Era para haberles dado así... Pero
rectificaron”. Están en la veintena y aún no han hecho abuelo a Ibáñez. Una
hizo Biología y puso un laboratorio, y otra, Empresariales y también trabaja.
Pero los fines de semana se reúnen. Cuando ya le urgen para la siguiente sesión
de fotos, Ibáñez dedica a la visita un libro con un dibujo de Mortadelo y
Filemón. “¡Que no falte el detallico!”, dice: de la nariz de Mortadelo
pende una araña.
Francisco
Ibáñez Talavera nació el 16 de marzo de 1936, estudió contabilidad, banca y
peritaje mercantil. Empezó a trabajar como botones en el Banco Español de
Crédito en el año 1950. En 1957 dejó el trabajo con la intención de dedicarse a
dibujar. Lo sigue haciendo cada día. Empezó haciendo chistes y acabó
inventándose un buen puñado de personajes. El 20 de enero de 1958 apareció en
las páginas de “Pulgarcito” su primera historieta de “Mortadelo y Filemón”. Dos
bienintencionados “sabuesos” que, aprendiendo de “Sherlock Holmes” y el “Doctor
Watson”, estaban dispuestos a resolver cualquier caso que se les presentase. La
actualidad, las situaciones absurdas y una moral de hierro eran su caldo de
cultivo. “Filemón”, como jefe serio y esforzado; “Mortadelo”, sobrado de
iniciativas y capaz de disfrazarse de lo más insospechado para huir.
TIEMPO, 25 MAYO 1998